24 Hour Party People

24 Hour Party People

Manchester desde el aire. Una vista aérea (y nocturna) de la ciudad, como imagen que abre el film. Metáfora perfecta, ya que vivir la escena musical de Manchester en aquel momento de quiebre, equivalía a mirar al mundo desde arriba. Este falso documental británico de 2002, propone un trayecto sonoro que transcurre entre fines de los años 70 y principios de los 90; relata el nacimiento de bandas claves para la historia de la música, y del sello Factory Records, que produjo la mayoría de aquellos discos. El ADN de la historia se conforma de un mix de sucesos reales, mitos urbanos y ficciones relatadas en primera persona por Tony Wilson, quien oficiará de “maestro de ceremonias”. Las primeras escenas muestran a Wilson (interpretado por Steve Coogan) practicando ala delta, estrellándose contra el suelo y citando luego al mítico ícaro. Wilson, cansado de su trabajo como presentador de noticias del canal local, decide incursionar en el ambiente musical de Manchester. Su bautismo sonoro será (nada menos) en un concierto de los Sex Pistols que -aunque presenciado por escaso público- Wilson calificará de “acontecimiento histórico”. Noche que marcará un antes y después en su vida, y que lo llevará a -harto de presentar bandas en TV-, organizar conciertos para promocionar nuevos talentos. Decisión que decantará en la creación del sello Factory Records. De ahí en adelante, con pulso acelerado y momentos musicales memorables, el documental relatará: génesis, apogeo y caída de Joy Division y su cantante Ian Curtis; el posterior nacimiento de New Order y su enorme éxito gracias al simple Blue Monday; la apertura de la discoteca The Hacienda como receptor de nuevos grupos y cuna de la naciente cultura rave; la genialidad y el descontrol de Happy Mondays, exponentes del caos que producían las drogas en los artistas (todo el mundo quiere éxtasis). La escena final muestra a Wilson y sus amigos dialogando en la terraza de un edificio. Situación plena de delirio alucinatorio y mística, que resulta un cierre perfecto para la historia. Es que ser parte de aquel momento cultural de Manchester (rebautizado Madchester), era igual a sentirse Dios.

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