Ver para (des)creer

Sobre la manipulación digital de imágenes y su influencia en la construcción de la realidad.

Si bien Photoshop fue desarrollado para fotógrafos profesionales, su uso se extendió hasta hacerse masivo, sobre todo en el ámbito del diseño. Esta popularidad trajo con sí una proliferación de —a veces desmesurados— retoques fotográficos, que se ven a diario en avisos, afiches, revistas, etcétera. Una invasión de imágenes alteradas que, lejos de ser inocente, modifica la percepción de la realidad.

Otra mancha para una petrolera

En abril de 2010 se produjo un derrame de petróleo en el Golfo de México, como consecuencia de la explosión de la plataforma Deepwater Horizon operada por la petrolera British Petroleum (BP). En los días sucesivos al hecho, la página oficial de la empresa presentó informes y fotos mostrando sus esfuerzos por controlar el desastre. En una de esas fotografías, un grupo de personas controlaba pantallas con imágenes del vertido submarino. Sólo después de que diversos blogs informaron sobre imperfecciones visuales, la petrolera reconoció que la imagen había sido manipulada.
El portavoz de la multinacional Scott Dean reconoció que dos de las pantallas estaban en blanco en la fotografía original, y que un fotógrafo de la empresa utilizó Photoshop para incluir escenas adicionales «sin ninguna mala intención». Aclarando además que BP permite el uso del programa para ajustes puntuales como la corrección de colores o brillos.

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Izquierda: foto original con la pantalla en blanco. Derecha: imperfecciones del agregado digital.

La argumentación oficial, poco creíble, evidencia una intención de exagerar la eficacia en el control del derrame, en otras palabras, de falsear la realidad y eludir responsabilidades.
Luego de este incidente, el diario The Huffington Post ofreció a sus usuarios la posibilidad de descargar la fotografía original, proponiendo la realización de fotomontajes como descargo contra el fraude informativo.

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Algunos de los montajes enviados por usuarios del «Huffington Post».

Mas allá del resultado estético, lo que cabe destacar de esta iniciativa, es cómo el uso de una misma herramienta tecnológica, está filtrado por posturas ideológicas y la intención implícita en el mensaje a transmitir.

Guerra de imágenes

En 2006, Adnan Hajj, corresponsal libanés de la agencia Reuters, fue centro de una polémica cuando intentó exagerar una fotografía (al modificar la densidad de las columnas de humo) sobre los ataques durante la guerra entre Israel y Líbano.

En su defensa el fotógrafo negó la manipulación, argumentando que la imagen se alteró cuando, tratando de remover marcas de polvo, «cometió errores debido a las malas condiciones de iluminación en las que estaba trabajando». Algo poco creíble, tanto por su experiencia profesional (autor de más de 900 imágenes en el servicio de la agencia), como por el descubrimiento posterior de modificaciones en otras fotos de su autoría.

Si bien Reuters desligó su responsabilidad (al prescindir desde ese momento de los servicios de Adnan), y reiteró sus estándares de precisión en el uso de fotografías, éste no resultó el único caso en el que se manipularon imágenes de conflictos bélicos.

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Izquierda: foto original. Derecha: modificación de las columnas de humo.

En 2008 la imagen de una prueba de armamentos en Irán, mostraba cuatro misiles ascendiendo en paralelo a los cielos. Posteriormente el diario The New York Times denunció que la foto estaba manipulada. Se había agregado digitalmente un cuarto misil para ocultar a otro que podría haber fallado durante la prueba de lanzamiento.

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Izquierda: foto original. Derecha: agregado del cuarto misil.

Estos casos, evidencian la importancia de las fotografías difundidas en un enfrentamiento bélico, sea para potenciar el armamento del que se dispone, u ocultar fallas en procedimientos militares. Mostrarse poderoso o victimizarse, también parece ser cuestión de imagen.

Espejito, espejito…

Resulta habitual ver cuerpos y rostros «ideales» (sin señales de sobrepeso, arrugas o imperfecciones en la piel) en revistas, afiches, avisos gráficos, etc. Devenidos en prototipos visuales de belleza —por simple repetición e imposición—, muchas personas terminan asimilando esos cánones estéticos como universales. Tan excesivas han sido algunas de estas alteraciones, que incluso fueron reconocidas por las modelos que personificaron campañas.

Es el caso de Filippa Hamilton, quien denunció que la firma norteamericana Ralph Lauren, además de despedirla por considerar que tenía sobrepeso y «no cabía en sus prendas», realizó un retoque tan marcado de su figura, que el cuerpo resultante rozó lo absurdo. Al igual que en el caso de BP, las argumentaciones de los voceros de Ralph Lauren resultaron por lo menos endebles: «Se distribuyó la imagen por error y se usó sólo en almacenes de Japón».

El caso opuesto (estrellas del espectáculo que posan sin retoques digitales, o revistas de renombre que dedican ediciones especiales remarcando la ausencia de Photoshop en sus imágenes) llama a la reflexión.
Por un lado, puede tratarse de una estrategia de marketing para explotar un nicho del mercado, que espera este tipo de «gestos de humanidad» de un medio de comunicación. Pero por otro, puede deducirse que este tipo de campañas (presentadas como algo excepcional) ratifican, por contraposición, prototipos de belleza instalados en la sociedad.

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Izquierda: cuerpo real vs cuerpo ideal de Filippa Hamilton. Derecha: portada de Elle (de una serie) en la que se enfatiza la ausencia de retoque y maquillaje en sus fotografías.

Es sabido que tanto la bulimia como la anorexia constituyen trastornos de origen físico-psicológico (el sujeto se percibe a sí mismo con más peso del que tiene en realidad). Razón por la cual no debería minimizarse el impacto negativo de este tipo de imágenes —constituidas en poderosos espejos deformantes—, ya que generan en personas con dichos perfiles depresión, estrés y desvalorización.

En palabras de la antropóloga argentina Paula Sibilia: «Esas imágenes corporales desbordan las pasarelas, las pantallas, los carteles y las páginas de las revistas, para impregnar los cuerpos y las subjetividades». Resultaría saludable por lo tanto, cuestionar la imposición de estos estereotipos de belleza, salud y perfección, para los cuales la colaboración del retoque digital resulta un aliado indispensable.

Conclusión

Debido a las escasas legislaciones que regulan la manipulación digital de imágenes (recientemente se agregaron leyendas en avisos y afiches que alertan sobre alteraciones digitales), resulta difícil controlar este tipo de engaños. Sólo en Francia existe un proyecto de ley impulsado por la diputada Valérie Boyer, que obligará a que las modificaciones digitales se notifiquen «a fin de precisar la frontera entre la imagen real y la virtual».

Una —tristemente célebre— frase sostiene que «una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad». Quizás este tipo de imágenes que hoy nos resultan grotescas, exageradas, y hasta inofensivas, por mera repetición y costumbre lleguen a constituirse en pequeñas verdades.

Sebastián Vivarelli

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Vivir del diseño

¿Porqué sigue siendo mala la remuneración del diseñador gráfico? Una pregunta (aún hoy) difícil de responder.

Un tema recurrente entre colegas —tanto del rubro gráfico como digital— tiene como eje central las frases: «nuestra profesión no está bien remunerada», o «un diseñador no gana lo que debería». El diseño cuenta con años de desarrollo, reconocimiento social, y egresados universitarios. Sin embargo la realidad económica de la profesión ha cambiado poco y nada. Si bien no es sencillo encontrar una única razón (como todo fenómeno complejo, lo definen un conjunto de causas) se pueden abordar algunas ideas.

El uso de software pirata
Resulta llamativo que muchos comentarios del citado artículo, culpen a la piratería (acceso gratuito y masivo a programas y tipografías) del aumento de profesionales poco calificados. ¿Qué determinaría que sólo quienes puedan adquirir productos originales accedan a la profesión? ¿Que sólo personas con una cómoda posición económica puedan ejercerla (por lo menos en gran parte de Latinoamérica)? ¿Garantizaría esto un aumento de la calidad profesional? No necesariamente. Muchos estudiantes con escasos recursos económicos (algo usual en la universidad pública), no podrían ni siquiera cursar algunas asignaturas, si tuviesen que pagar tipografías o programas originales. Por otro lado, en la facultad se insta al alumno a desarrollar (ante todo) un pensamiento proyectual, más allá de recursos o software. De hecho en las materias de Tipografía, Morfología, Diseño, se trabaja y experimenta con diversos materiales: lápiz, papel, madera, tintas, plumas. Las computadoras constituyen sólo el eslabón final del proceso, para alcanzar un acabado profesional. Hacer hincapié en el manejo de programas, sólo enfatiza la prioridad del perfil técnico del profesional, lo que muchas veces genera —más que diseñadores que piensan y toman decisiones proyectuales—, operadores automatizados que siguen órdenes.

La explosión de las carreras de diseño
Durante la década de los noventa, en Argentina se produjo un auge -en cuanto a prestigio- de las carreras de diseño (Gráfico, Industrial, Textil, Multimedia, etc), lo que provocó un aumento en la cantidad de estudiantes y, lógicamente, de egresados. A las universidades públicas existentes —con años de historia—, se sumaron paulatinamente las privadas. El mercado actual no puede absorber​ la cantidad de profesionales existentes, y este desequilibrio hace que empresas que contratan servicios, prefieran abstenerse de la calidad profesional en pro de beneficios económicos. Lo anterior se traduce en la contratación de diseñadores con un perfil denominado junior, a quienes expertos más experimentados forman día a día. El diseñador practica entonces —sumado a su tarea diaria— el rol de docente, todo por el mismo precio. Otra secuela de esta realidad, son ofertas laborales en las que el perfil requerido es un «superdotado técnico» que opere múltiples programas, gestione proyectos, y además posea una amplia experiencia. Y en lo posible, que no sea mayor de 30 años. El problema reside, por un lado, en que la remuneración ofrecida nunca es acorde al nivel de exigencia requerido, y por otro, que la experiencia sólo se logra con años de oficio.

El diseño como materia opinable
¿A quién no le sucedió? Cualquier profesional o cliente con el que el diseñador interactúa, opina de diseño, propone ajustes, incluso ofrece sus propias alternativas de solución. Algo necesario hasta cierto límite, ya que los proyectos alcanzan su forma final con base en la interacción (feedback) con el otro. Pero lo que llama la atención es la forma en que se reciben sugerencias. Muchas veces en modo imperativo, rozando lo despectivo, lo que evidencia muy poco respeto por la profesión y demuestra la poca consideración por los conocimientos adquiridos. Cuesta imaginar la misma situación trasladada a un paciente que refuta a su cirujano, o a un cliente que hace lo propio con su abogado. Quizás sea la parte estética de la profesión (mal llamada cosmética) lo que la convierte en materia de opinión. Es engañosamente accesible y atrayente a las sugerencias y gustos de cualquier persona. Al parecer resulta imposible contenerse de opinar sobre colores, tipografía o imágenes. Quizá ayude indagar sobre la frase «​nadie muere de diseño»​, instalada en la sociedad desde hace tiempo.

Aquí y ahora
La realidad muestra por lo menos dos caras. Por un lado se percibe una mejora en la calidad visual de diarios, revistas, señales de televisión, empaques, sitios de Internet, etc. En muchos casos fruto del trabajo de egresados universitarios. La sociedad contemporánea advierte la existencia (y hasta comprende los aportes) del diseñador, en otro momento considerado una rara avis social. Pero también, persiste entre colegas la misma sensación, sobre todo al compararse con profesionales de otros rubros, esa que todavía no encuentra una causa concreta: es difícil vivir del diseño.

Sebastián Vivarelli