Música para mirar

La música se escucha. Y también se mira. ¿Cómo sintetizar -y traducir- algo tan abstracto e intangible a códigos visuales? Tarea difícil pero no imposible. Así lo evidencian videoclips, películas y obviamente, posters.

Vivir rápido

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El fuego, invocado por Jim en
Light my fire, invade el poster. Irradiado por él, a la vez lo consume. Como único elemento en color, rodea y enfatiza su mirada de “Rey Lagarto”. Sus ojos -alto contraste mediante- nos interpelan. The Doors firma el afiche, como segundo nivel de lectura.

Si hay un color que define a Joy Division y Manchester es el gris. Tono ausente en sus canciones, donde todo es blanco o negro. Los mismos que dividen el cartel de Control (2007) -y la personalidad de Curtis- en dos. Tanto la gama acromática como la textura fotográfica, refuerzan un tono visual frío y distante. La composición rescata, a modo de tagline, la nihilista Love will tear us appart.

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La estética de Control dialoga con el poster de Cobain: Montage of Heck (2015). En una imagen dominada por grises y la melancolía de Kurt, el amarillo del título imprime algo de furia al cartel. El afiche de Janis: Little Girl Blue (2015) también utiliza fotografía en blanco y negro. Pero hay un detalle que lo cambia todo: la sonrisa explosiva de Janis. 

Dios salve a la Reina

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¿Cómo escapar al magnetismo de Freddie Mercury?. De ahí que los posters de Bohemian Rhapsody (2018) hagan foco en su persona. Tanto un primer plano de su rostro (cuyos lentes reflejan el nombre Queen), como su silueta sobre el escenario imprimen la leyenda. Los carteles alternativos resultan más interesantes: composiciones tipográficas destacan frases de sus hits, a través de las cuales -calado mediante- aparecen los integrantes de la banda.

Marca registrada

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A veces alcanza con sugerir. Así como la silueta de Alfred Hitchcock devino marca personal, lo mismo aplica a estrellas de la música. Así lo demuestran los posters de What’s love got to do with it (1993), Ray (2004), I’m not there (2007) y Bird (1988) cuyas síntesis (re)presentan a Tina Turner, Bob Dylan, Ray Charles y Charlie Parker. Con distintas soluciones visuales, las piezas evidencian que la síntesis también comunica. Y en ocasiones, mejor.

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El rock es mi forma de ser

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La groupie Penny Lane como centro del poster de Almoust Famous (2000). El objeto de deseo reflejado en sus lentes (léase mirada). La banda como objetivo principal, cercana e inalcanzable a la vez. La ubicación del título como refuerzo semántico. Viajar con el grupo adorado, conocer al ídolo en persona, fundirse en la vorágine. Rock en estado latente, a punto de estallar.

El cartel de School of Rock (2003) es una rara avis: estética y composición simulan una portada de revista, específicamente la Rolling Stone. Incluso las letras del título replican el logo de la famosa publicación. Forma y contenido en comunión. El histrionismo de Jack Black -cuándo no- en pose rockstar, como foco visual. El tagline “We don’t need no education” cita a Pink Floyd The Wall, denotando autoconciencia y sentido del humor.

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Pocos objetos sintetizan la pasión melómana como el vinilo: perderse en disquerías y revisar bateas hasta hallar el tesoro buscado. De ahí que su elección para ilustrar el afiche de High Fidelity (2000) -basada en la novela homónima de Nick Hornby- sea tan acertada. La tapa del disco suma otra capa semántica: un guiño a A Hard Day’s Night de los Beatles.

¿Quién no soñó con formar su banda de rock? La gráfica de Sing Street (2016) rescata la frescura del film y la gráfica ochentosa. Con un pastiche visual -forma y color- que remite al collage y la estética de la época: Madonna, The Cure, Echo & the Bunnymen. Poptimismo multicolor.

Rebeldes con causa

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¿Cómo sintetizar esa oda a la libertad y la anarquía que es The Blues Brothers (1980)?. Con dos músicos bailando sobre un patrullero volcado. Más aún si los rebeldes son John Belushi y Dan Aykroyd. El cartel alternativo esconde un plus: su diseño remite a los posters de Saul Bass, quien trabajara con Alfred Hitchcock, Billy Wilder y Stanley Kubrick.

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Minimalismo & contundencia. Así grita el poster de Straight Outta Compton (2015), que rescata -y resignifica- la etiqueta de clasificación Parental Advisory (usada en álbumes para advertir sobre contenido explícito). Además del impacto visual inmediato, es acorde al tono del film, que narra el apogeo de la música rap en los EEUU durante los años 80s y 90s.

El afiche de Sid and Nancy (1986) traduce los postulados -estéticos e ideológicos- punk: rebeldía, márgenes, libertad. Por eso, el beso entre Sid Vicious (bajista de los Sex Pistols) y su novia Nancy Spungen no podía ser en mejor lugar: un callejón rodeado de basura, sumido en las penumbras.

La rebeldía también se puede comunicar con humor. Al poster de This Is Spinal Tap (1984), le basta una foto para ironizar sobre estereotipos del hard rock: en la imagen, posturas y miradas sugieren que todo es una farsa. El anclaje con el género musical está en las tipografías: el relieve metalizado tan propio y reconocible.

Raras avis

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Un grito que remite al cuadro de Munch. El poster de
Pink Floyd – The Wall (1982), obra del artista Gerald Scarfe, anticipa la estética del musical de Alan Parker. Pregnante y memorable, dialoga con las animaciones del film.

El afiche de Whiplash (2014) logra -juego de escalas mediante- una metáfora visual contundente: el músico ante el vacío creativo. El salto del artista desde un palo de batería, sintetiza la trama del film. Economía de recursos gráficos, mensaje potente.

Un documental tan moderno y rupturista como
Stop Making Sense (1984), no podía presentar un cartel convencional. Toda la pieza sugiere extrañamiento: encuadre, composición y el rostro de David Byrne fuera de campo. Un corpus visual que recuerda a las fotografías de Juergen Teller.

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El cartel de Cabaret (1972) combina calidad visual y contundencia. Síntesis formal mediante, resume la historia narrada: la vida de una bailarina de club nocturno, en pleno auge del nazismo. Sus piernas forman una esvástica. En el centro del pseudo cuerpo, el grito de Liza Minelli.

Una boca sensual, tipografías que rebozan sangre, rojo sobre negro. Con mínimos recursos visuales, el poster de The Rocky Horror Picture Show (1975) anticipa el show de sexo, sangre y rock que disfrutará la convención de transilvanos.

Lisztomania (1975), narra la vida del compositor húngaro Franz Liszt, en tono estrella de rock. De hecho, Liszt es interpretado por Roger Daltrey de los Who. Excepto por el retrato ilustrado del músico, en el poster predomina la síntesis formal. Como plus, las líneas del pentagrama fusionan las obsesiones de Liszt: música y mujeres.

Paz & amor

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Agosto de 1969. Durante 3 días, 400.000 personas vivieron el Verano del amor. Sea mediante fotos o símbolos, los posters de Woodstock (1970) evocan aquellos días de comunión hippie. Naturaleza, nudismo, música y -claro- palomas blancas. Cada elemento gráfico ancla con una época que se fue.

Let’s dance

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John Travolta es sinónimo de baile. Su clásica pose en el poster de Saturday night fever (1977) devino símbolo al principio, meme después. De ahí que baste un primer plano suyo en Staying Alive (1983) para connotar baile. Imagen que, analizada, resulta más acorde a la saga Rocky que a un musical. Lo más interesante se halla en el cartel alternativo: intentando sugerir movimiento, la imagen dialoga con otra escena icónica: el laberinto de espejos en Enter the Dragon, donde Bruce Lee peleará por su vida.

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Bailar solo (también) es bailar. El poster de Footloose (1984) destaca el culto al baile solitario, walkman mediante. El título del film también remite a ese objeto icónico de los 80: la forma de sus letras simulan cintas de casete.

Pero no toda danza es multicolor. El afiche de Dirty dancing (1987) apuesta a la sobriedad y el predominio del blanco. Destaca al título -casi a modo de logo- y ubica a los bailarines en segundo plano, en pose estática.

Cada elemento del cartel de 24 hour party people (2002) connota fiesta y baile. Específicamente The Haçienda y las raves que coparon Manchester en los 90. Cuerpos, luces, música y una lengua donde reposa el título del film. Clara metáfora de las drogas que invitaban a bailar hasta el amanecer.

Sebastián Vivarelli

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